Mar, 25/08/2026 - 12:50 vadmin ¿Qué son las auroras boreales y por qué se producen? Índice de contenidos De todas las preguntas que nos llegan sobre viajes al norte, la primera casi nunca es cuánto cuesta ni cuándo hay que ir. Es más elemental: “pero exactamente, ¿qué son?”. Y detrás viene siempre la segunda, dicha con cierta desconfianza: “¿de verdad se ven así como en las fotos?”. Vamos a responder las dos con calma. En este artículo os explicamos qué es físicamente una aurora boreal, por qué se produce, por qué casi siempre es verde, por qué a veces se ve gris a simple vista, si son peligrosas y qué tienen que ver con las auroras australes del hemisferio sur. Sin fórmulas y sin humo, pero con datos. Si además de entenderlas queréis verlas, cada año organizamos un grupo reducido para ir a buscarlas: es nuestra expedición al Cabo Norte y la Laponia sami, por el interior de Finnmark, con guía-fotógrafo desde Barcelona. Qué es exactamente una aurora boreal Una aurora boreal es luz que emite la propia atmósfera de la Tierra cuando la golpean partículas cargadas que vienen del Sol. No es un reflejo, no es un fenómeno meteorológico y no tiene nada que ver con el frío: es la atmósfera brillando, igual que brilla el gas de un tubo fluorescente cuando lo atraviesa la corriente. El nombre técnico en el hemisferio norte es aurora borealis. En el sur ocurre exactamente lo mismo y se llama aurora australis. Y sucede a una altura enorme: la mayor parte de lo que veis desde el suelo está entre 90 y 150 kilómetros por encima de vuestra cabeza, muy por encima de cualquier nube, de cualquier avión y de la mitad de la atmósfera. Las auroras rojas más altas llegan a los 400 kilómetros, ya en pleno territorio de los satélites. Eso explica algo que sorprende a mucha gente: la aurora no “baja” hasta vosotros ni os puede tocar. Está tan lejos que dos personas separadas cien kilómetros pueden estar mirando la misma cortina de luz desde ángulos distintos. Por qué se producen: del Sol a la atmósfera en tres días El Sol no solo emite luz y calor. Emite también un chorro continuo de partículas cargadas —sobre todo electrones y protones— que se conoce como viento solar y que viaja a entre 300 y 800 kilómetros por segundo. A esa velocidad, lo que sale del Sol tarda entre uno y tres días en llegar hasta nosotros. Cuando ese viento solar choca con la Tierra se encuentra con un escudo: el campo magnético terrestre. La mayor parte del material rebota o se desvía, y por eso la vida en la superficie es posible. Pero el campo magnético no es una esfera cerrada: se estrecha y se hunde hacia dentro en los dos polos magnéticos, como si alguien hubiera apretado una pelota por arriba y por abajo. Por esos dos embudos sí entran partículas. Al entrar, se precipitan contra los átomos de oxígeno y nitrógeno de la alta atmósfera. Cada choque transfiere energía al átomo, que queda “excitado” durante una fracción de segundo y, al volver a su estado normal, suelta esa energía en forma de un fotón. Un fotón es imperceptible. Millones de millones de choques simultáneos son una cortina verde de doscientos kilómetros de ancho. Cuando el Sol tiene un episodio especialmente violento —una fulguración o una eyección de masa coronal— llega de golpe mucho más material, el campo magnético se comprime y la aurora se vuelve más intensa, más baja y más al sur. Son las noches que salen en los periódicos. El óvalo auroral: por qué siempre pasa en los mismos sitios Como las partículas entran por los embudos magnéticos, las auroras no aparecen en cualquier parte: se concentran en dos anillos alrededor de los polos magnéticos, uno en cada hemisferio. Ese anillo se llama óvalo auroral y, dentro de él, hay aurora prácticamente todas las noches del año, esté nublado o no y sea invierno o julio. El óvalo del hemisferio norte pasa por encima de Alaska, el norte de Canadá, el sur de Groenlandia, Islandia, el norte de Escandinavia y Siberia, aproximadamente entre los 65 y los 72 grados de latitud norte. Ahí están Tromsø, Alta, Kiruna, Abisko, Rovaniemi o Fairbanks, y por eso todos los viajes de auroras del mundo acaban aterrizando en los mismos cuatro o cinco sitios. Conviene deshacer aquí un malentendido muy extendido: la referencia no es el círculo polar ártico (66°33′ N), sino el óvalo. Islandia, por ejemplo, queda casi entera por debajo de esa franja —Reikiavik está a 64,1° N—, y por eso allí hacen falta más noches y más suerte de las que la gente supone. Alta y Karasjok, en el Finnmark noruego, están justo debajo del óvalo. No en el borde: debajo. Es una diferencia que se nota, porque en el borde hace falta una noche de actividad alta para ver algo, y debajo basta con actividad normal y cielo despejado. Cuando llega una tormenta geomagnética fuerte, el óvalo se ensancha hacia el sur. Por eso alguna noche excepcional se han visto auroras desde Cataluña, desde Galicia o desde el centro de Francia: no es que la aurora se haya movido de sitio, es que el anillo ha crecido. Por qué son verdes (y cuándo se vuelven rojas o moradas) El color no es decorativo: os dice a qué altura y contra qué gas está chocando la partícula. Color Gas responsable Altura aproximada Cuándo se ve Verde Oxígeno 100–150 km El color habitual, el de nueve de cada diez auroras Rojo Oxígeno 200–400 km En episodios intensos, coronando la banda verde por arriba Morado, azul, rosa Nitrógeno Por debajo de 100 km En el borde inferior de las cortinas, cuando la aurora es potente Amarillo, blanco Mezcla — No es un color propio: es verde y rojo solapados El verde domina por dos razones. La primera es que hay muchísimo oxígeno a esa altura. La segunda es que el ojo humano es especialmente sensible al verde: la misma cantidad de luz roja nos parece mucho más tenue. Cuando veis una foto con un degradado verde abajo y rojo arriba, no está retocada; estáis viendo dos alturas distintas de la misma cortina. ¿Se ven grises? Lo que ve el ojo y lo que ve la cámara Esta es la pregunta que más nos hacen y la que más decepciones evita responder a tiempo, así que la respondemos sin adornos: sí, muchas auroras se ven grises o blanquecinas a simple vista. Nadie os ha engañado con las fotos, pero tampoco os han contado el matiz. La culpa es de la retina. Los conos distinguen colores pero necesitan bastante luz. Los bastones funcionan casi a oscuras pero no ven color: por eso de noche todo es gris. Una aurora débil no llega a activar los conos, y la percibís como una banda pálida y móvil, muy parecida a una estela de avión que no se deshace. Una aurora media o fuerte sí supera ese umbral, y entonces el verde aparece de forma inconfundible, a veces casi eléctrico. La cámara, en cambio, acumula luz durante los segundos que dura la exposición. Lo que a vuestro ojo le llega gota a gota, el sensor lo va sumando, y por eso una aurora que apenas distinguís sale saturada en la pantalla. Hay una manera gratuita de acortar esa distancia: dejar que los ojos se adapten a la oscuridad entre veinte y treinta minutos, sin mirar el móvil, sin encender la linterna, sin abrir la puerta del coche con las luces puestas. Es la mejora más barata que existe y casi nadie la hace. Y hay algo que la cámara no captará nunca: el movimiento. Una aurora activa se retuerce, avanza y colapsa en cuestión de segundos. Eso, y el silencio, es lo que hace que la gente se emocione. Auroras boreales y auroras australes: el mismo fenómeno en dos hemisferios Las auroras australes son la imagen especular de las boreales. Ocurren al mismo tiempo, por el mismo mecanismo y a menudo con formas casi idénticas, porque las partículas bajan por los dos embudos magnéticos a la vez. Los satélites las han fotografiado como dos anillos gemelos encendiéndose en el mismo instante. La diferencia es puramente humana: el óvalo austral cae casi entero sobre el océano y sobre la Antártida. Solo Tasmania, el sur de Nueva Zelanda y la punta de la Patagonia lo rozan. Hay tanta menos gente que verlas es mucho más difícil, y por eso todo el turismo de auroras del planeta está en el norte. ¿Son peligrosas las auroras boreales? Para vosotros, no. La aurora ocurre a más de cien kilómetros de altura y la radiación asociada no llega al suelo: la atmósfera y el campo magnético la frenan mucho antes. Podéis pasar toda la noche mirándola sin ninguna protección. Lo que sí sufre son los aparatos. Una tormenta geomagnética intensa induce corrientes en cualquier conductor largo: líneas de alta tensión, oleoductos, tendidos ferroviarios. En marzo de 1989 una tormenta dejó sin electricidad a la provincia de Quebec durante nueve horas. La de 1859, conocida como el evento Carrington, hizo saltar chispas de los aparatos de telégrafo y llegó a incendiar papel en algunas oficinas. Hoy, además, afecta a satélites, al GPS y a las comunicaciones de radio en rutas polares, y las aerolíneas desvían vuelos cuando la previsión es mala. Dicho de otro modo: la noche que más riesgo corre vuestro GPS es exactamente la noche que mejor veréis la aurora. Qué contaban los sami de las luces del norte El pueblo sami, que habita el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península de Kola desde mucho antes de que existieran esas fronteras, llama a la aurora guovssahas, que suele traducirse como “la luz que se puede oír”. Para ellos no era un espectáculo, sino algo vivo y potencialmente peligroso: se creía que en esas luces estaban las almas de los muertos, y existía una prohibición muy clara de silbarles o saludarlas con la mano, porque podían bajar a buscaros. Los finlandeses las llaman revontulet, literalmente “fuegos del zorro”: un zorro mágico corre por los montes árticos y, al rozar la nieve con la cola, lanza chispas al cielo. En la mitología nórdica se relacionaron con los reflejos de las armaduras de las valquirias, y en Groenlandia con las almas de los niños nacidos muertos. En Karasjok, la capital cultural sami de Noruega, el museo y el Parlamento sami cuentan esta parte con voz propia. Es, para muchos viajeros, la sorpresa del viaje: la aurora es el titular, pero la cultura que lleva mil años viviendo debajo de ella acaba pesando lo mismo. De dónde viene el nombre “aurora boreal” El término combina Aurora, la diosa romana del amanecer, y Bóreas, el viento del norte de los griegos: “el amanecer del norte”. Aparece impreso por primera vez en 1619, en un tratado publicado a nombre de Mario Guiducci pero escrito en buena parte por Galileo, y se popularizó una década más tarde gracias al astrónomo francés Pierre Gassendi. La explicación física tardó casi tres siglos más. Y llegó precisamente desde el norte de Noruega: en 1899 se construyó en la montaña de Haldde, sobre la ciudad de Alta, el primer observatorio de auroras boreales del mundo. Desde allí, el trabajo del noruego Kristian Birkeland demostró que las luces las provocaban partículas cargadas guiadas por el campo magnético terrestre, justo lo que hoy damos por sabido. Por eso Alta lleva un siglo llamándose “la ciudad de las auroras boreales”, y no es un eslogan de agencia. Entonces, ¿dónde y cuándo podéis verlas? Necesitáis tres cosas a la vez, y solo controláis dos: Estar bajo el óvalo auroral. Entre 65° y 72° de latitud norte. Eso lo elegís vosotros. Que sea de noche y esté oscuro. De finales de septiembre a finales de marzo en el norte de Escandinavia; en verano el sol de medianoche lo impide aunque la aurora esté ahí. La mejor franja son las tres o cuatro horas alrededor de la medianoche. También lo elegís vosotros. Que el cielo esté despejado. Esto no lo controla nadie, y es el motivo número uno por el que la gente vuelve a casa sin haberlas visto. Por eso el sitio importa tanto: Alta y Karasjok están en el interior, lejos de la humedad del mar, con un clima seco y estable y muchas más noches despejadas que la costa. Lo hemos desarrollado paso a paso —meses, horas, previsiones y ropa— en nuestra guía completa para ver las auroras boreales. Una última cosa antes de que las busquéis Todo esto se puede organizar por vuestra cuenta perfectamente, y hay gente que disfruta haciéndolo: se alquila un coche en Tromsø o en Rovaniemi, se conduce lejos de las luces y se espera. No hace falta ninguna agencia para ver una aurora, y quien os diga lo contrario os está vendiendo algo. Lo que sí cambia las probabilidades es tener varias noches seguidas y poder moverse según las nubes. Eso es exactamente lo que hacemos: cada año organizamos un grupo para ir a buscarlas. Nuestra expedición al Cabo Norte y la Laponia sami son siete días por el interior del Finnmark noruego —Alta, Karasjok y el Cabo Norte—, con varias noches de búsqueda activa en furgonetas pequeñas que cambian de sitio según la previsión, un grupo de 6 a 14 personas y un guía-fotógrafo que os acompaña desde Barcelona y os enseña a fotografiarlas mientras ocurren. Las fechas de la próxima salida se anuncian con meses de antelación y las plazas se acaban pronto. Escribidnos y os avisamos en cuanto se abran, sin ningún compromiso. En Viatges Alemany llevamos organizando viajes desde 1953, y para dudas de este tipo estamos al teléfono y en nuestras cinco oficinas. Si mientras tanto os pica la curiosidad por el invierno del norte más allá de las luces, aquí tenéis las claves para un viaje a Laponia en Navidad, qué ver y hacer en Rovaniemi y nuestra ruta por Islandia alrededor de la isla. By vadmin